Me gritaste, y yo te grité. Nos enfadamos y nos fuimos de casa. Me senté en el banco del parque de enfrente, y empecé a lamentarme por haberme topado contigo en esta vida; sin embargo, empecé a imaginarme mi vida sin ti, sin tus risas, sin tus abrazos, sin tus ojos verdes...
Corrí hacia el portal, y tú estabas allí, esperándome sentada en la puerta. Te levantaste y nos miramos a los ojos, sonreímos, y en ese mismo instante, supe que seríamos uña y carne.
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